Los peligros de la oclocracia y la responsabilidad de la socialdemocracia

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En un contexto de crisis económica, política, social e institucional, agravado por la desafección política, la desconfianza en los partidos políticos, los recientes escándalos por corrupción política… La degeneración de la democracia a través de la nueva política descontrolada puede derivar en oclocracia y el colapso del sistema.

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 ¿Qué es la oclocracia?

La oclocracia, en filosofía y teoría política, constituye “el gobierno de la muchedumbre o de la plebe”, como define la Real Academia Española. ¿Es novedoso éste concepto y clasificación? No, desde la antigua Grecia se viene advirtiendo con Aristóteles de las posibles degeneraciones de la política, es decir, de la república [res-publica; cosa pública].

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Aristóteles clasificó originariamente los tipos de gobierno en función de cuántos gobernaban y con qué fin. Si bien, entre las formas puras (virtudes) los fines se centran en el interés general y colectivo, las formas degeneradas (vicios) se centran en intereses particulares o individuales agrupados. Entre las primeras nos encontramos la monarquía (uno), la aristocracia (pocos) y la república (muchos); entre las segundas y en el mismo orden, tiranía, oligarquía y democracia/demagogia.

Posteriormente es Polibio quien profundiza en éste concepto a partir de las experiencias en Roma, desarrolla la teoría anacyclose, que en resumen se centra en la evolución cíclica observada de la sociedad y los regímenes políticos en el siguiente orden; monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia, oclocracia.

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Salvando las diferencias entre las ciudades-estado griegas, Roma, y los Estados modernos, algo de la anacyclose pervive durante los tiempos si se interpreta la historia como una forma espiral de sucesos y contextos, y no como una forma circular.

La evolución desde la aristocracia a la oclocracia, Polibio dice que “del fracaso de la tiranía nace la aristocracia. El pueblo, cansado de las injusticias de los aristócratas [que da paso a la oligarquía], puede establecer la democracia; pero si el pueblo desprecia las leyes, las leyes engendra el gobierno denominado oclocracia”, esto es “la tiranía de las mayorías incultas y uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas.

Por su parte, Rousseau señala en “el contrato social” que realmente lo que se produce es la sustitución de la voluntad general por la voluntad de una mayoría. Con Ortega y Gasset en “la rebelión de las masas” se deduce que esa mayoría está empujada por la ignorancia, emociones, prejuicios, irracionalidad, sentimientos de frustración… Por tanto, es la expresión de una voluntad viciada que da lugar a una imposibilidad de autonomía y tomar decisiones con fundamento, razonamientos y argumentos.

Sólo se precisa, un conjunto de individuos descontentos, sin un conocimiento profundo, que compartan unos puntos comunes en las críticas, y un oclócrata que canalice y reconduzca generando conciencia de masa.

Podemos, el viraje hacia la oclocracia

Contextualizando, el sistema de partidos ha mantenido la gobernabilidad y la estabilidad del régimen hasta ahora, sin embargo, la democracia representativa ha fracasado tanto en el propio concepto de representación como en la incapacidad de evitar la degeneración y oligarquía, a su vez, no ha facilitado una participación y comunicación entre la sociedad y el Estado (instituciones).

Podemos, desde el academicismo empleando un lenguaje sencillo, transmite las carencias del sistema y no duda en criticar destructivamente por ambiciones personales. En esas críticas es perceptible la carencia real de argumentos que expongan alternativas realizables en base a ideas, proyectos, análisis o estrategias.

De hecho, se fomenta el odio hacia la política y las élites, se acusa con términos de “casta” tratando de homogeneizar y generalizar injustamente a toda la clase política creando un enemigo común y popular. Con esto se pretende sustituir el vacío conceptual.

Cuenta con las herramientas suficientes, azuzado por los medios de comunicación e internet para tratar de calar a varios sectores de la población, desde los más jóvenes que son los más afectados en este contexto de crisis económica.

Pero 140 caracteres o el lenguaje no verbal no son suficientes para emitir contenidos y discursos consistentes. De ahí la necesidad de emplear una comunicación política directa, y trazar una estrategia constante de marketing político. No obstante, la gente siempre quiere titulares.

En la sociedad espectáculo en la que nos hayamos, la política mediática (teledemocracias) es fundamental, es el medio de los visionarios de Pablo Iglesias para su fin particular; conquistar el poder. Para ello se emplean ciertas técnicas centradas en la mentira, la falacia, actitudes primitivas, la construcción de argumentos verosímiles a partir de informaciones fragmentarias, la conversión de cualquier anécdota pequeña que sea en una amenaza grave.

Ha de tenerse en cuenta que una amplia base del electorado posee una capacidad receptiva limitada y una comprensión reducida, además de tener facilidad para olvidar. Esto resulta comprensible si se considera la escasa cultura política participativa moderada, virtuosa, prudente y juiciosa, junto con las carencias cognitivas del sistema en general, y por ende, evaluativas por ejemplo de las instituciones o los procesos electorales.

Pero cometen un error, la izquierda ha de regirse por un código ético, no puede utilizar a la ciudadanía como un medio para alcanzar el poder.  De hecho, no todo vale, y menos sin táctica.

La evolución del discurso, de un tono radical en las europeas hacia un tono moderado a través de lo ambiguo sin una ideología concretada en las generales de Julio, demuestra la carencia de contenidos reales y de un mensaje que exprese una voluntad general.

Criticaban en el programa “La Tuerka” los partidos -catch at all- orientados en los valores próximos al centro, y ahora tratan inútilmente convertirse en un partido así tras el fracaso de su proyecto ideologizante que consistía en reintroducirse en el sistema de partidos como un partido de masas, empleando una técnica del comunismo sovietista (como calificó en su momento Fernando de los Ríos); agitación, propaganda, odio y revanchismo. A la par, se define el “pueblo”; o se está con el pueblo o contra el pueblo.

Es por esto que no queda claro, sino se analiza detenidamente el discurso, si se trata de un partido comunista, marxista, populista, libertario, socialdemócrata, liberal (en lo político), republicano o no, internacionalista o nacionalista…

Mediante el populismo, se introduce el discurso de la demagogia. Un verdadero demócrata comprende que hay que interrogar y deliberar con la ciudadanía para tratar sus necesidades, pero no darle lo que quiere y le apetece a cambio de su sumisión.

La democracia participativa teórica que se trató de reflejar en los círculos, no fue sino un intento de mostrar una imagen alternativa, pero la realidad dejaba claro que el partido tenía sus estructuras verticales y autoritarias en la toma de decisiones, además de ser conocedores el fracaso de una participación efectiva en el modelo asambleario. En la actualidad Echenique se pregunta cuántos círculos siguen activos.

El peligro acontece cuando se coarta la libertad y la propia igualdad, pues la ambición y el egoísmo acaban corrompiendo, especialmente cuando se considera al individuo corrupto por naturaleza en el discurso narcisista que pretendía alejarse del esquema polarizado izquierda/derecha.

La democracia consiste en sumar, en consensuar, en reformar. La crítica destructiva no funciona, negarse a escuchar igualmente. El odio y el rencor sólo alcanzan sus propósitos en las dictaduras.

La socialdemocracia y su responsabilidad programática:

Ante esta situación coyuntural, los socialdemócratas deben reconocer los errores del pasado para poder considerar los problemas del presente y los desafíos del futuro. El análisis retrospectivo para comprender antes de juzgar, resulta fundamental para cualquier perspectiva prospectiva.

Resulta urgente un liderazgo, que plantee esquemas consensuales en el ámbito de la izquierda, especialmente para replantear la visión y los objetivos socialdemócratas en plena crisis cíclica que redunda en los derechos sociales y el Estado de Bienestar.

Hay que renovar los postulados del keynesianismo y la creación de demanda agregada en base a la productividad e inversión para generar riqueza, investigación y desarrollo. Especialmente en aquellos campos y sectores que existe, o puede existir, competitividad o colaboración.

La economía debe girar hacia una perspectiva social de mercado, el sector público tiene que reformular la sostenibilidad y equilibrio, el mercado laboral debe atajar los problemas de las tres velocidades y favorecer la cohesión social.

El Estado precisa fortalecerse pero no sobredimensionarse, hay que atender a corrientes del republicanismo cívico, así como solucionar los problemas territoriales del Estado plurinacional en post de la cooperación interterritorial.

El enfoque neopúblico debe primar frente a modelos neoempresariales, para ello la Gobernanza resulta clave pero bajo la redefinición del marco conceptual puesto que hoy todo el mundo emplea el concepto como cajón de sastre.

Y sobre todo, una reforma estructural y organizativa que abra las puertas a la ciudadanía en la participación, que tenga voz en la toma de decisiones, que pueda consultar y exigir rendir cuentas. Hace falta un paso más hacia la democracia deliberativa, la democracia representativa se vuelto obsoleta, pero dar un paso agigantado hacia una democracia completamente participativa es un error.

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Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración. Estudiante de máster en Dirección y Gestión Pública. Socialdemócrata por reflexión y convicción contribuyendo con la sociedad.

2 Comentarios

    • El mercado necesita libertad, sí, pero también precisa regulación pues no existe la competencia perfecta, y por ende, y entre otras causas, surgen los fallos de mercado. Ante esto, la intervención del Estado se hace inevitable especialmente en los periodos de decrecimiento, recesión, deflación…

      Su percepción del equilibrio es errada, puesto que este no puede venir ni de un lado ni de otro exclusivamente. La mano invisible del mercado no existe, ni la planificación estatal es lo mejor.

      Por último, ¿qué es lo que “venden” quienes “se enarbolan en lo social”?

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