Libertad o pasividad

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Ahora que los políticos y sus secuaces, tras las cuchilladas y navajazos electorales, se retiran cada uno a sus cubiles para poder lamerse las heridas y decirse a sí mismos lo guays que son y lo bien que lo han hecho, lo dialogantes que son aunque no quieran hablar con fulanito de tal, que más que políticos a veces parecen cuñados, y todo por nuestro interés sin que lo sepamos ¡Fíjate tú!, es el momento adecuado para reflexionar un tanto sobre lo sucedido en estas pasadas elecciones generales. No se me asusten que no voy a valorar de nuevo los posibles pactos, traiciones, o a cuánto está el cuarto y mitad del político nacional. No. En esta ocasión voy a referirme a otro aspecto fundamental que no se pondera lo suficiente ni en su justo término. El de la pasividad del ciudadano.

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Ningún régimen totalitario consigue el poder sin la colaboración ciudadana

“Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.” Edmund Burke 1729-1797, político y escritor irlandés. Con esta frase lo que el bueno de Edmundo quería decir es que la pasividad es lo que destruye a las sociedades democráticas y al progreso. Y si vemos lo sucedido últimamente en los diferentes comicios celebrados en España podemos observar un alarmante crecimiento de la pasividad de los ciudadanos mediante la abstención y el voto en blanco, y eso por no hablar de que la poca afiliación política es otro indicador de la baja implicación de los ciudadanos en algo tan importante como es la vida política que, nos guste o no, es la que condiciona nuestro desarrollo personal con sus aciertos y fallos en la gestión de eso que se suele llamar, de forma un tanto cursi, “la cosa pública”. La pasividad es uno de los escalones en el descenso al infierno totalitario, por supuesto junto con los escalones del populismo, de la demagogia y la ignorancia. En última instancia ningún tirano, ningún régimen autoritario o totalitario consigue ascender al poder sin la necesaria colaboración y complicidad, a veces con alegría suicida, de los propios ciudadanos.

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Vivimos en un régimen que bien se puede calificar de Despotismo Desilustrado Democrático, en el con la excusa de unas elecciones un estamento privilegiado hace y deshace a su antojo

Es cierto que esta pasividad es buscada y fomentada hasta cierto punto por los partidos políticos existentes para mantener lo que se puede considerar como un Despotismo Desilustrado Democrático. Es decir, que con una mínima participación ciudadana se posibilite una gobernabilidad basada en no rendir cuentas por lo perpetrado durante el gobierno, sin que los ciudadanos puedan participar en modo alguno en un control activo y efectivo de la actividad política desarrollada. Y si creen que votar cada cuatro años en las condiciones actuales es ejercer control alguno mejor háganselo mirar, porque eso quiere decir que ya viven en un mundo orwelliano. Se trata así, de un curioso y delicado equilibrio en una terrible y grandiosa obra de teatro plagada de efectos especiales en la que los ciudadanos-espectadores creen participar, pero que debido a los férreos y estrictos controles que se mantienen los efectos de dicha participación son los previstos por los directores de escena. Dicho de otro modo, hacen lo imposible para que no suceda nada que no quieren que suceda. Este Despotismo Desilustrado Democrático mantenido por un estamento social privilegiado, compuesto por los políticos, los burócratas y sus compinches, responde a los intereses propios de esta casta ajena a los intereses del resto de los ciudadanos. Y éste es el enemigo a abatir, ésta es la auténtica barrera del progreso.

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La izquierda y la derecha son igual de conservadoras y celosas de sus privilegios

En España vivimos una época de desencanto hacia la política porque ningún partido del arco parlamentario, o extraparlamentario pero con apoyos visibles, ofrece algo nuevo que transmita cambio, ilusión, esperanza, y posibilidades reales de un futuro mejor. Y no hablo de utopías necesariamente. Entre la caspa rancia de los denominados izquierdistas, tan conservadores como la derecha, los complejos y limitaciones de otros, y la falta de oportunidades para terceros, lo cierto es que el electorado español se encuentra huérfano de ideas, líderes y proyectos. Y necesitamos de las tres cosas con urgencia. No seré yo quien diga que no existen alternativas al establishment político, el desarrollo y crecimiento del libertarismo en España es un ejemplo claro de ello y está ahí para demostrarlo, sino que al gran público no le llega más que el vacío del populismo y la demagogia del sistema actual, agotado y fracasado, que apenas es capaz de “parir” a dos recambios, que no cambios, de un mainstream político que se encuentra en la UVI ideológica, en coma intelectual, y con una metástasis corrupta característica del sistema que defiende.

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El fracaso por todo el mundo del intervencionismo debe dar paso a la Libertad

Si los proyectos intervencionistas, de partidos que defienden la idea de regular (algunos ad nauseam) la vida de los ciudadanos quitando libertades individuales, han fracasado y fracasan de manera clara ¿No es el momento de probar nuevas vías? ¿No es el momento de apostar por la libertad? Si los proyectos que conllevan la falta de libertades son los que están fracasando a lo largo y ancho del mundo, ya va siendo hora de hacer algo diferente y de dar una oportunidad a la libertad. ¿De qué manera? Votando, participando, apoyando proyectos renovadores de verdad, aprovechando el punto débil de este sistema que, como suele ser habitual, coincide con su punto fuerte: el sistema electoral, las elecciones. Si la participación aumenta y ésta se concentra en un partido renovador, el cambio estará servido en bandeja. Es el momento de hacer algo, es la hora de recuperar la ilusión, porque si no, seguirán triunfando los malvados.

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Israel Alonso Gómez
Vicepresidente y Secretario de Comunicación y Relaciones Institucionales del Partido Libertario. Colaboro con diversos medios de comunicación, semanalmente lo hago en decisioneconomica.com.

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