La Falacia de la Suma Cero

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A principios de siglo, andaba yo estudiando Derecho en la lamentablemente politizada Universidad de Zaragoza. Correría el año 2006 o 2007 y acababan de conceder a la Ciudad de los Sitios el honor de acoger una exposición universal en 2008.

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Estudiar leyes fue mi segunda opción, una vez me dejé desencantar con medicina -cosa de la que me arrepiento todavía a día de hoy- pero estaba convencido de su utilidad. Saber Derecho me dará estatus, poder para defenderme sin depender de terceros, y mucha cultura, pensaba. Tenía razón, por supuesto, aunque no acabé la carrera por diversos motivos. Uno de ellos es relevante para el tema que quiero exponer.

Resulta que una de las asignaturas de primero de Derecho era Economía Política. A mi “yo” de diecinueve años no le entusiasmaba excesivamente tener que estudiar algo que consideraba como una pseudo-ciencia incapaz de prever ni demostrar nada. Consideraba que la Economía como disciplina sólo servia para explicar lo que ya había sucedido y plantear teorías utilizando modelos que no podían ser científicos per se, ya que obviaban un número casi infinito de variables mediante la infame cláusula et ceteris paribus.

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Hoy en día, mi “yo” treintañero está cada vez más interesado en esas dos ciencias: la económica y la política; y por la misma razón: la necesidad de comprender el mundo a mi alrededor. Curiosamente, ese era un argumento que esgrimía, no sin cierta altanería, cuando defendía el valor de saber Derecho. “Todo el mundo debería saber Derecho”, exclamaba, “debería ser una asignatura obligatoria”. Todavía opino así, por cierto. Unos ciudadanos conocedores de sus derechos y deberes son más responsables que quienes los desconocen, tanto en el sentido de poder exigírseles el cumplimiento de las leyes con más fundamento, como en el de crear un sentido de civismo mayor en sus mentes.

La Economía sí se enseña en el colegio. Es cierto que no en todas las opciones, pero sí en varias modalidades de Bachiller. Sin embargo, esta enseñanza cojea de su pierna izquierda, la Política; disciplina que sí se enseña en los colegios alemanes, por ejemplo. Enseñar Política, Economía y Derecho sería lo ideal para crear individuos con las armas suficientes como para defenderse de los ataques más despreciables y de libro que les infligen los políticos de segunda (como, lamentablemente, son la mayoría de los españoles), así como para no repetir errores del pasado dando poder a los que no lo saben gestionar.

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Si se hiciera esto, claro, muchos partidos españoles perderían muchísimo apoyo. Esto les ocurriría especialmente a las formaciones de izquierda (PSOE) y extrema izquierda (IU, Podemos), cuyo ideario político ha resultado en 100 millones de muertos (y contando) cuando y donde ha sido aplicado, y cuyas medidas económicas han arruinado a países enteros como Cuba (que era más rica que España), la URSS y Corea del Norte. Ergo, no conviene enseñar esas disciplinas a los niños, preadolescentes y adolescentes. Al contrario, para conseguir sus votos sin darles verdadera libertad conviene incitarlos al odio fratricida y al enfrentamiento.

En un mundo ideal, o en una España responsable, los ciudadanos sabrían que la idea que vierten en sus oídos dirigentes de izquierda inmoderada como Pedro Sánchez o Pablo Iglesias sobre la finitud de la riqueza es falsa. No es cierto que para que alguien devenga rico, otros deban volverse pobres. El enriquecimiento personal genera más riqueza, no más pobreza. El ejemplo español más ilustrador, que citaba el preclaro Mario Noya en “LD libros”, es el de Amancio Ortega.

He aquí un humilde sastre que, a lo largo de una sola vida de trabajo, ha creado todo un imperio textil que da trabajo a más de 110.000 empleados. Esos puestos de trabajo, esa riqueza y esos servicios no existían antes de que Inditex apareciera. Fueron creados a medida que su fundador se fue enriqueciendo. Hay miles de ejemplos más, y no todos tan ricos como Ortega, o Gates, o Slim, o Musk, o Branson…

Llevémoslo al extremo para verlo más claramente: un pobre al lado de otro pobre no puede sino seguir siendo pobre, mientras que un pobre al lado de un rico tiene muchas posibilidades de prosperar, dado que el rico necesita de alguien que le suministre bienes y servicios.

Acabemos pues con esa falacia de la suma cero que nos han inculcado desde siempre, especialmente desde la izquierda más decimonónica y rancia. Para enriquecerse no es necesario que nadie se empobrezca. Lo que sí hace falta es formarse adecuadamente, trabajar mucho y tener algo de suerte.

El Club de los Viernes
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Francisco Rubio Valera Castillo
Filólogo, profesor de inglés y escritor. Colaborador de El Club de los Viernes. Twitter: @mimecenas

1 Comentario

  1. Una cita supuestamente atribuidoa a Lincoln dice que “No se puede conseguir la prosperidad desalentando el ahorro. No se puede fortalecer al débil debilitando al fuerte. No se puede ayudar al asalariado hundiendo al empleador”. Muchos siguen pensando que sí. Es la falacia de la suma cero que hoy nos cuentas.

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