Impuestos y libertad no van de la mano

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Vivimos en una época en el que se ha asumido como normal, natural o más eficiente el papel del Estado, o mejor dicho, el intervencionismo estatal en determinados sectores de la sociedad. Tradicionalmente el Estado se ha encargado de áreas que por las características de las mismas era mejor atenderlas monopolísticamente- ¡si! Monopolios, algo que todos entendemos como malo y que sin embargo cuando es estatal tendemos a hacer valoraciones sesgadas- me refiero a la justicia, seguridad o infraestructuras.

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Aunque podría abrirse un debate sobre si estas áreas de la sociedad sólo pueden ser atendidas de la mejor manera por parte del Estado, vamos a aceptar el argumento como válido sin hacer caso al dinamismo de la función empresarial que podría dar respuesta a estos denominados bienes públicos (esto puede ser el mayor error que podamos cometer, el pecado capital como diría Murray Rothbard, es decir, aceptar la inevitable existencia del Estado, el cual es el origen de toda clase de organización basado en la coacción, ya sea total (totalitarismo: fascismo o socialismo) o parcial (democracia: una mayoría “legitimada” impone su voluntad a la minoría).

Una vez aceptada la existencia del Estado, cabe preguntarse cómo se financia éste; pues bien, el recurso empleado es el IMPUESTO.

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El impuesto no es más que el pago forzoso que los ciudadanos hacen al Estado y del que como contrapartida reciben los determinados servicios antes mencionados. A priori, esta podría ser una relación más como cualquier otra que se da en el mercado: yo pago (demando) por un bien o servicio (oferta) que me proporciona utilidad. Sin embargo, fíjese en la diferencia entre pagar voluntariamente como se da en el mercado, o hacerlo forzosamente, como ocurre con nuestros impuestos. A caso, algunos objetaran que si no fueran obligatorios, no todos pagarían por aquellos servicios que se manifiestan como esenciales para la vida en sociedad; ya hemos mencionado que la función dinámica y creadora empresarial que posee el ser humano ha demostrado repetidas veces a lo largo de la historia que es posible buscar formas alternativas que sean eficientes y respeten la libertad de los individuos.

Pero, en definitiva, lo que se pretende dejar claro es que la naturaleza del impuesto es violencia o coacción y que, además, su propio nombre así lo demuestra son IMPUESTOS, no son voluntarios (de hecho, corres el riesgo de que te multen o vayas a la cárcel, en ambos casos, claros actos de violación de la libertad del ser humano). Por eso la propia etimología de la palabra debería bastarnos para no hacer alardes de que pagar impuestos es bueno o que son necesarios porque entonces estaríamos siendo profundamente inmorales, al atentar contra la “libertad de” (fuerzas externas, en este caso el Estado) de los individuos.

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Por más elevado que sea el fin que se quiera alcanzar, dado que los medios que se utiliza son los que hemos mencionado, la violencia, estos no deben ser predicados como buenos o si quiera racionales. EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS.

Sólo si pensamos que cualquier tipo de medio justifica el fin cuya postura puede ser respetada pero no respetable, podría tener sentido decir que los impuestos son buenos y que debemos subirlos como parece que se ha puesto de moda entre nuestros políticos, pero en todo caso me parece una aberración o mejor dicho una hipocresía, decir por un lado te voy a quitar más dinero (subir los impuestos) y a la vez hacerte abanderado y defensor de la libertad, y es que impuestos y libertad no van de la mano.

El pago de impuestos es un acto de alta traición, negarse a pagarlos es el primer deber del ciudadano”. Karl Marx.

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Kevin Castro Vásquez
Kevin Castro Vásquez, estudiante de Economía en la Universidad de Almería. Defensor del liberalismo filosófico, político y económico. Influencias recibidas de la escuela Austriaca de Economía.

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