¿Explota el capitalismo a la infancia del tercer mundo?

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Hace unos días vi cómo, personificando al capitalismo, se acusaba a Amancio Ortega de explotar a niños en sus fábricas del tercer mundo. No era ésta la primera ocasión, ni lamentablemente será la última, que se carguen tintas con críticas de este tipo pues son la solución fácil, que exige poco esfuerzo mental, ante un problema más complejo que trataré de aclarar.

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Es necesario empezar recordando que, de forma natural, la demanda de trabajadores que realizan las empresas es función del salario que pagarán y, por tanto, con menor salario mayor será el número de trabajadores que se podrían contratar, especialmente allí donde gran cantidad de personas buscan empleo.

Hasta aquí parecen tener razón quienes acusan al capitalismo de explotador y de aprovecharse del desempleo. Pero sigamos razonando para analizar la situación, más allá de quedarnos en la respuesta fácil.

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Otro factor que afecta al salario es la productividad pues, obviamente, elevar los volúmenes de producción manteniendo los niveles de gasto, entre ellos los salarios, mejora la competitividad y ésto solo se puede deber a la relación que se establece entre dos factores de producción, el trabajo y el capital:

1- Si el trabajador se especializa su productividad será mayor. El primer medio para especializarse es distribuir el trabajo entre varias personas de forma tal que cada una de ellas haga siempre una determinada tarea y sean así más eficientes al aumentar la producción y calidad en la misma cantidad de tiempo y con el mismo gasto.

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2- Por otra parte, aportando el capital maquinaria y medios tecnológicamente avanzados también permite que con los mismos gastos se alcance una producción mayor que cumpla altos niveles de calidad y así lograr mayor eficiencia

Ambos casos requiere del esfuerzo del trabajador para adaptarse a las nuevas circunstancias al necesitar especializarse y conocer adecuadamente los nuevos medios de capital puestos a su disposición. Pero no menos importante es el esfuerzo del capital de aportar cuantos medios están a su alcance y las circunstancias le permitan. Como consecuencia se aumenta la eficiencia y, con ella, la capacidad de incrementar los salarios.

Vayamos ahora al caso práctico:

Si ante un determinado nivel salarial una familia empobrecida necesita mejorar su situación, solo puede hacerlo incrementando el número de miembros de la familia que aporten los ingresos de su esfuerzo laboral y, por tanto, en muchos casos los hijos comienzan a trabajar a temprana edad.

La medida habitual ante esta situación es prohibir, obligar y coaccionar: prohibir trabajar a los menores de determinada edad, obligarlos a asistir a la educación obligatoria y coaccionar el cumplimiento mediante el más diverso conjunto de sanciones. Esta, que parece una buena opción, es la solución fácil y generalmente asumida por su inmediatez por aquellos que critican al capitalismo, pero no es la solución natural pues no es natural prohibir, ni obligar, ni coaccionar a las personas, ni es frecuente que tenga los efectos previstos sino lamentablemente otros menos esperados y bien distintos, pues tratando de evitar coactivamente un problema habitualmente se genera otro. Lo natural es que motu propio los padres prefieran que su hijo se esté formando en lugar de estar trabajando.

Para que los padres tomen esta decisión necesitarán mayores ingresos por persona que no solo suplan a los de sus hijos sino que proporcionen la capacidad adquisitiva y bienestar suficientes, y ésta como ya vimos solo se consigue por medio del incremento salarial que reporta la eficiencia, o sea disponer de más medios de capital en los que los trabajadores se especialicen.

En conclusión, si en el tercer mundo los niños trabajan no es por culpa del capital, sino por falta de capital, y la forma de ayudar a esos niños no pasa por criticar a quienes aportan capital sino a quienes no lo aportan pese a disponer de mejor calidad de vida que esos niños y poseer, en mayor o menor medida, capacidad de ahorro gracias a que la eficiencia les permitió el consumo a bajo precio.

No es culpa de Amancio Ortega, es que faltan muchos más que, como Amancio Ortega, ahorren, se esfuercen y arriesguen su capital hasta llevarlo al tercer mundo.

El Club de los Viernes
El Club de los Viernes
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Alfonso Pérez
Socio de El Club de los Viernes. Twitter: @CdV_Cadiz

2 Comentarios

  1. Es fácil, como dices, acusar al capitalismo, pero también es simple decir que los empresarios acuden a ese tipo de lugares porque la mano de obra es barata.
    Los niños NO DEBEN TRABAJAR, pero no es culpa del capitalismo, es por los gobiernos de los países del “tercer mundo” que permiten ese tipo.
    Ahora se podría armar un debate sobre la moral vs la ética de los empresarios.
    Un saludo.

    • Gracias por tu comentario. Dudo que llevar el tema a algo tan subjetivo como es el debate moral pueda aportar soluciones, pero entiendo que expreses la necesidad de que los gobiernos impidan tal situación. Es habitual hacer a los gobiernos responsables, por acción u omisión, de todo cuanto sucede. Forma parte del marketing político hacer todo lo posible por llevarse bien con los electores, eximiéndoles de responsabilidades, a la vez que se convierte en ogros a los adversarios políticos. Como consecuencia, las personas van paulatinamente sintiéndose cada vez menos responsables de sus actos. Pero no debiera ser así. Permitamos a las personas madurar y convertirse en adultos responsables de sus actos, algo que solo se consigue siendo libres, y prohibir u obligar coactivamente no es el medio más oportuno para que las personas sean libres y por tanto se sientan responsables de sus actos.

      Es cierto que habitualmente este tipo de situaciones se regulan para tratar de evitar el resultado que consideramos injusto, pero no por regular el síntoma se soluciona el problema, que en este caso es la pobreza por los reducidos salarios. Al contrario, es frecuente que regulando se dé lugar a nuevas e imprevistas situaciones conflictivas que para ser corregidas requieren más regulación, entrando en un círculo vicioso. La hiperinflación legislativa resultante hace más indefensos a quienes menos capacidad económica tengan para acudir a asesoría jurídica de calidad. Los Estados no pueden conocer las situaciones en las que se ven inmersas todas aquellas personas para las que regulan. Ignoran los casos concretos. Los motivos y factores que afectan a cada persona y a cada situación son únicos y frecuentemente se ven alterados simplemente con el paso del tiempo. Es imposible disponer de capacidad suficiente para regular tal diversidad sin crear nuevos casos injustos. Pero no voy a extenderme más para no salirme del tema.

      En consecuencia, como he tratado de expresar en el artículo, la situación óptima se encuentra allá donde las personas actúan de manera natural con la menor intervención coactiva posible por parte del Estado. Allí donde los padres no encuentran obstáculos para que el amor que sienten hacia sus hijos sea suficiente para procurarles lo mejor en cada momento y ante cada una de las más diversas situaciones. En el caso que nos ocupa se consigue, como ya se ha expuesto, mejorando la capacidad adquisitiva por medio del incremento de capital y la especialización laboral.

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