España, la tortilla de patatas y una cita

0

Me suena el teléfono. Un breve mensaje: “Vale. En un rato nos vemos”. No recordaba esta cita, me había quedado profundamente dormido sobre mi toalla. Me incorporo y observo por última vez hoy el mar, su alboroto y sus fieros aleteos, sus gallardos embates. Lo cabalga ferozmente el viento de Levante, y como si de derribar la entrada a una fortaleza se tratase, golpea una y otra vez insistentemente la orilla.  ¿Acaso pudo alguien atisbar al mismo tiempo tanta bravura y nobleza, tanta solera y tempestad? Voy a recoger mis cosas y sacudir mi camiseta, pero antes quiero hacer un último repaso a mi alrededor. Quedarme tranquilo, comprobar que todo está en su lugar, que nada nuevo puede alterar mi ya acabada estancia. La familia de Madrid con la que coincido todos los días hasta últimos de Julio, desenvuelve la tortilla de patatas enorme y patria que por tradición hacen y llevan allá donde van. Dos escandalosos niños construyen y reconstruyen su maltrecho castillo. Levantan muros de arena a contrarreloj, antes de que una nueva ola les vuelva a romper sus sueños palaciegos. Algo más a lo lejos, la señora Ana, parece decirme hola, o quizás adiós, y a la vez hace un gesto como de tener mucha calor. Se la ve feliz y con tanto movimiento de mano, más bien parece que se dispone a bailar una sevillana. España es un gran país. Cuenta con personas tan maravillosas como la señora Ana, la familia de Madrid o los niños revoltosos. Gente valiente, decidida. Si el castillo se cae, lo volvemos a levantar. La tortilla de patatas no es un plato moderno, pero es el nuestro. Y la bañista jubilada, pese a todos los problemas que abruman su mente, baja día tras día a la playa desde Marzo a Noviembre, porque está dispuesta a seguir viviendo y a plantarle cara a la vida. De pronto, me vienen recuerdos del mismo verano de hace seis años, cuando todos aprendimos economía con las portadas de los periódicos. Conocimos a la “prima”, la de riesgo me refiero; y vivíamos pendientes del “rescate”, y no precisamente el de un bañista sorprendido por la corriente. Hoy, estos conceptos han quedado en la biblioteca del olvido de muchos. Más si no es sano insistir constantemente en la misma idea, si es necesario conocer el pasado, para entender el presente. Nuestro castillo, el que todos juntos habíamos forjado, sufrió graves daños. Pero la sociedad española, lejos de venirnos abajo o rendirnos, decidimos mostrarnos fuertes y unidos; y reconstruir lo que nos pertenecía, nuestro país. Entendimos que teníamos el derecho a salir adelante, a cambiar nuestro presente, y nos pusimos manos a la obra, con el esfuerzo y la capacidad que nos identifica. Poco a poco, los datos económicos empezaron a cambiar su tendencia, primero frenando la velocidad del descenso, como Tobey Maguire con aquel tren cargado de pasajeros; y luego comenzando poco a poco a mostrar la mejoría. Así, hasta llegar a los números que hoy tenemos. Unas cifras, que si se las puede titular de algún modo, es de esperanzadoras. Y es que, fruto del esfuerzo de todos y todas, España deja de ser el problema de Europa, para ser parte de la solución. Y aunque no podemos cantar victoria mientras haya una sola persona que no pueda resolver su situación, sí debemos ver el futuro con optimismo; el camino que emprendimos está mostrando sus frutos, y lo más importante, demostramos ser un país preparado para salir de las peores situaciones. Lo hemos hecho juntos y queremos seguir haciéndolo. Tenemos ganas de trabajar y de crear trabajo, somos inconformistas; y no tengo duda de que solo juntos es como somos capaces de lograr las mejores cotas de bienestar para nuestra nación en un futuro no muy lejano. Con esta esperanza, me quedo observando a dos gaviotas en la arena.  Parece como si las pudiera entender, hablan de pesca, de viajes y del tiempo; y cuando me vuelvo a dar cuenta me está sonando de nuevo el teléfono. Otro mensaje: “Ya estoy. ¿Vienes?”. Entre idea e idea me he quedado durmiendo otro buen rato. Todos se han ido. El aire de Levante ha perdido su fuerza, y el castillo de los niños luce majestuoso, adornado de conchas y caracolas. La señora Ana, no se ha despedido para no despertarme; y la familia de Madrid, mientras dormía, me ha dejado un trozo de su tortilla sobre mi toalla. Ahora debo apresurarme, no quiero ser descortés, y llegar tarde a una cita; aunque por otro lado no quiero ser menos y dejar sin comer el pincho que me han dejado. Me lo comeré por el camino. Ha sido un día estupendo de playa.

Publicidad
Fuente: Imagen elaborada por J. Weah
Publicidad
Compartir
Francisco J. Soler
Mojacar (Almería).

No hay comentarios

Deja un comentario