¿Deslumbrar para qué?

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El espíritu que alienta las estructuras sociales, culturales, políticas e incluso religiosas consiste en lograr deslumbrar o alcanzar las cimas del poder o del prestigio a cualquier precio. Asistimos a diario a eventos en donde se subraya la lógica del brillar. En un principio estoy de acuerdo, dado que el hombre puede dar lo mejor de sí. Sin embargo, tengo mi objeción de conciencia para no comulgar del todo con tal pretensión.

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La anomalía que percibo en dicha dinámica descansa, en la ruptura que se ha producido entre la cumbre éxito de quien lo detenta con su hombre interior, es decir, con la vida espiritual de todo ser humana. Claro ejemplo de ello lo encontramos en que muchos famosos han tenido éxito pero ha descuidado su santuario interior, produciéndose un desequilibrio en la persona, cuyas consecuencias son imprevisibles y casos para pensar hay en ellos, son muchos.

Ante semejante drama personal y social, el Evangelio que se proclamará en todo el orbe católico tiene algo que decir, palabras condensadas en dos elementos de gran importancia: 1) El papel de la sal; y 2) el de la luz. El domingo pasado tuve el privilegio no sólo de escuchar sino de asimilar también una explicación de estos dos ingredientes de vida por parte de un sacerdote veterano de 89 años, tal como lo digo y parecía que tenía 18 años, dada su vitalidad y alegría.

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La explicación sazonada con su experiencia iba dirigida a un grupo de creyentes, pero también alcanza a los que no creen, pues, según el Vaticano II, éstos son guiados por la conciencia del deber (LR 1). Hemos sido constituido luz por Cristo (Mt 5, 14) ―decía el sacerdote- “a fin de evitar precipitarnos por los infames caminos del demonio o del mal”. Cuando mal acampa y gobierna en el interior del hombre, este no duda en utilizar todos los medios necesarios para poder deslumbrar, reclama permanentemente una idolatría que deviene en egolatría, olvidando su dimensión antropológica de projimidad o fraternidad. Somos luz en virtud de la gracia de Dios, y ello nos orienta a partir nuestro pan de conocimiento (luz que aleja de la tiranía de la pobreza), alegría, fuerza, entereza, valor, creatividad, ilusión, solidaridad, etc., con los hambrientos que carecen de dichas cualidades interiores y humanas (lo subrayado es del libro de Isaías 58, 7).

Somos, asimismo, sal en virtud Cristo (Mt 5, 13) y no vinagre para amargar la vida de los demás. Además, nos ha revestido hondamente de dicha cualidad Cristo para “impedir por todos los medios nuestra propia corrupción”, aseveraba el sacerdote. “He ahí el dedo en la llaga!. Pensé en ese momento en todos aquellos personajes (aquí cada quien póngale nombre) que le roban el pan a los niños, a los pobres y a los que tienen también. A los pobres por cada escuela que no construyen, por cada hospital que les niegan, por caminos dignos que le cierran, por espacios lúdicos fantasmas, por la cuchara de comida que le quitan, etc., con todos sus actos de corrupción. A los que tienen restando calidad a su enseñanza que se traduce en no exigir calidad educativa, lográndose así un sistema educativo de autómatas que enseñan con frialdad y desgana. A la larga perjudicial pues corrompe el mismo sistema.

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Solamente nuestra historia o mundo logrará el equilibrio y la armonía que requiere y reclama, cuando el hombre de hoy y de mañana no desvincule sus éxitos o logros que informan de sus propios principios y valores. El día que llegue a suceder eso, es signo de la confluencia entre el hombre interior y exterior. ¡Cuánto lo añoramos!

Para los cristianos que invocamos Jesucristo como Dios vivo, la obligación y la exigencia es mayor. A saber, el domingo pasado Jesús en las Bienaventuras nos otorgaba nuestra constitución espiritual (cf. Mt 5, 1-12). Por ello, no debemos de ser pusilámines en la oración, ni olvidar en hacer limosnas (Si 7, 10). Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10, 9). De ese modo, nunca dejarás de ser luz ni sal y la vida y alegría siempre permanecerán en ti.

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Roly Gutiérrez Salazar
Roly Gutiérrez Salazar, sacerdote de la Diócesis de Almería. Estudió en el Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería, de donde Egresó como Bachiller en Teología, siendo civilmente Lic. en Estudios Eclesiásticos. Asimismo, actualmente se encuentra Estudiando Teología Fundamental en la Facultad de Teología de Murcia, agregada la Universidad Antonianum de Roma.

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