Cómo acabar con la corrupción

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La tasa de economía sumergida ha crecido notablemente desde que la crisis del ladrillo irrumpió en nuestro país.  En este sentido, hay comunidades –Extremadura o Andalucía- en las que el dinero oculto a efectos de hacienda asciende al 30% de su respectivo PIB, con las nefastas consecuencias que ello implica. Pero, ¿existe el modo de acabar verdaderamente con el dinero negro y la corrupción? La respuesta a esta cuestión es afirmativa. Y además el proceso es absurdamente sencillo. Sólo habría que instaurar un sistema de monedas digitales, como el popular Bitcoin, de modo que los cobros y pagos se hagan a través de transferencias. Este nuevo sistema de anotaciones contables podría ser progresivo; al inicio se podrían combinar las transacciones con pagos en efectivo para cuantías reducidas  y, poco a poco, suprimir la moneda física.

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dinero negro

Aunque los beneficios de este tipo de moneda son evidentes, también existen parámetros que impiden que este sistema definitivo se instaure en la actual sociedad. Aunque a partir del año 1.800 la sociedad se ha visto sometida a intensos avances, internet aún no ha terminado de consolidarse ni en todas las edades, ni en todos los lugares. Por otro lado, el Bitcoin escapa de la posible manipulación a la que pueden someterse el resto de monedas físicas, dependientes de un Banco Central que, entre otras funciones, posee el monopolio de la emisión de dichas monedas.

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Además, la implantación de una moneda digital con el objeto de acabar con ese cuarto de PIB exento de fichar en la Agencia Tributaria, podría tener otras extensiones: homogeneizar las monedas mundiales en una única y común a nivel internacional. Esta cuestión, quizá más difícil de llevar a cabo, favorecería el comercio internacional y eliminaría los altos costes de cobertura en los que incurren multitud de empresas exportadoras e importadoras. Sin embargo, tal y como se ha comentado previamente, la política monetaria, ejercida por los respectivos Bancos Centrales, sería única o, en su defecto, sería inexistente, es decir, se acabaría con la manipulación de los tipos de interés, de modo que el precio de la moneda dependiera, únicamente, de la oferta y la demanda. Una verdadera revolución que resolvería de un plumazo uno de los principales problemas de la ciudadanía: la corrupción. Además, al depender el precio de la moneda de la oferta y la demanda, se acabaría con la posible gestación de burbujas, como la experimentada en el sector inmobiliario. Esto significaría que la política fiscal (impuestos y gasto público) sería la única política económica, lo cual nos introduce en un extenso debate académico que de momento no vamos a iniciar desde La Tribuna Económica.

¿Seremos capaces de adaptar las nuevas tecnologías a los problemas sociales resolviendo éstos y mejorando tanto la calidad de vida como la eficacia administrativa de la Administración Pública? De nosotros depende.

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Editorial
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